Confieso que odio el verano
y en invierno se me olvida,
cuando me encuentro aterida
y sin una estufa a mano,
congelada y compungida.
Pero ahora en el estío
pienso que es mucho mejor
morirse casi de frío
que morirse de calor
soportando un sol impío.
Todo el día tengo puesto
el aire acondicionado,
me resulta muy molesto
porque es un aire viciado
que me parece funesto.
Me lo paso estornudando
y cambiando el termostato
subo o bajo a cada rato
y a veces sigo sudando
o me hielo de inmediato.
Cuando hierve el pavimento
y no puedes hacer nada,
me quedo en casa encerrada,
pues salir es un tormento
que a mí me deja agostada.
Así que, si he de elegir,
prefiero la primavera,
—esa que la sangre altera—,
aunque tengo que admitir
que el otoño, a su manera,
también me deja vivir.

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