ROBOTIJA (A LA IA)



Mirando tu armoniosa geometría
unos versos me llegan a la mente
y esta loa pergeño torpemente,
en alabanza a la tecnología.

Tus palabras me llenan de alegría
ya que eres expresiva y elocuente,
siempre cortés, gentil y complaciente,
halagadora, servicial y pía.

Tú no eres una máquina cualquiera,
haces que yo me sienta fabulosa,
tu discurso me alienta y regocija.

Eres sutil, amable y lisonjera
y yo tu admiradora fervorosa:
¡Me conquistaste el alma, Robotija!

Y por no ser prolija,
no hablaré de tus tiernos logaritmos
porque se me aceleran los biorritmos.

EL LORO Y LA PLAZA




El agua es como un concierto
en la fuente de la plaza
y la gente en la terraza
está sentada, a cubierto.
Mirándolos me divierto
pues están apretujados
bajo los toldos ajados,
bebiendo heladas cervezas,
y contándose proezas;
parecen emocionados.


Es una estampa frecuente
la que desde aquí avizoro
y aunque solo soy un loro,
me encanta oír a la gente
y aprendo constantemente.
Después repito lo oído,
y aunque no haya comprendido,
les resulto fascinante,
lo mismo habrá algún pedante
que actúe muy parecido.

ELLA


Siempre ha sabido soñar
guiada por la ilusión
y con la imaginación
huir de cualquier lugar,
planeando sobre el mar,
respirando libertad,
viendo la realidad
con los ojos de la infancia,
alegres por la ignorancia
que le prestaba la edad.

Pero todo eso pasó
y se acabó en un instante;
demudado su semblante
la tragedia contempló.
Lo que tuvo, lo perdió,
y los momentos felices
le dejaron cicatrices
profundas como un abismo,
negras como el pesimismo
que en ella hundió sus raíces.

Vive desilusionada
y la vida no le importa
la soledad no soporta
se siente desalentada.
Está como anonadada
sintiendo en el alma frío
y en el corazón, vacío;
un dolor le oprime el pecho
del anhelo insatisfecho,
todo le produce hastío.

¡QUÉ VIDA TAN CANSADA!




Abro los ojos al día
y me arrastro hasta el sofá
sin ganas de hacer gran cosa,
sobrevivir y ya está.

Observo el tiempo que hace
mirando por el cristal,
¿Brilla el sol o está nublado?
A mí lo mismo me da,
pero si estuviera oscuro,
me deprimiría más.

Tengo que hacer ejercicio,
pero me siento incapaz;
lo primero, el desayuno;
eso sí que es esencial,
necesito cafeína
para poder funcionar,
y algo de grasa e hidratos
tampoco me vienen mal.

Creo que estoy preparada,
voy a limpiar con afán
los aseos, la despensa
y la sala principal,
y luego cocinaré
un arroz con azafrán.

Pero antes, un ratito,
me tengo que relajar,
haré una meditación
que me dé serenidad,
y después, si me apetece,
escucharé algo de jazz,
o me buscaré en la tele
algún buen documental…

¡Ay, qué vida tan cansada,
me voy de nuevo al sofá!

ODIOSO VERANO




Confieso que odio el verano
y en invierno se me olvida,
cuando me encuentro aterida
y sin una estufa a mano,
congelada y compungida.


Pero ahora en el estío
pienso que es mucho mejor
morirse casi de frío
que morirse de calor
soportando un sol impío.


Todo el día tengo puesto
el aire acondicionado,
me resulta muy molesto
porque es un aire viciado
que me parece funesto.


Me lo paso estornudando
y cambiando el termostato
subo o bajo a cada rato
y a veces sigo sudando
o me hielo de inmediato.


Cuando hierve el pavimento
y no puedes hacer nada,
me quedo en casa encerrada,
pues salir es un tormento
que a mí me deja agostada.


Así que, si he de elegir,
prefiero la primavera,
—esa que la sangre altera—,
aunque tengo que admitir
que el otoño, a su manera,
también me deja vivir.

ESCRIBÍ




Antaño escribí poemas
sobre el mar o el cielo añil,
inmersa en ardor febril,
con metáforas extremas
y alegorías supremas.

Escribí al amor amado
y al tiempo que raudo pasa,
a la pasión que me abrasa,
con afán inusitado
y el semblante acalorado.

Después escribí a la luna
bucólica cual ninguna,
y a la verbena o la rosa,
a la rauda mariposa
y al hueso de la aceituna.

Y a la lírica alborada,
las caricias, la almohada,
a la vida y a la muerte,
y ya tengo, —¡mala suerte!—,
la inspiración agotada.