sobre el mar o el cielo añil,
inmersa en ardor febril,
con metáforas extremas
y alegorías supremas.
Escribí al amor amado
y al tiempo que raudo pasa,
a la pasión que me abrasa,
con afán inusitado
y el semblante acalorado.
Después escribí a la luna
bucólica cual ninguna,
y a la verbena o la rosa,
a la rauda mariposa
y al hueso de la aceituna.
Y a la lírica alborada,
las caricias, la almohada,
a la vida y a la muerte,
y ya tengo, —¡mala suerte!—,
la inspiración agotada.
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